Los demonios de la economía andan sueltos

El demonio egocéntrico

Como es sabido, el sistema capitalista considera que la búsqueda del lucro personal debe ser el motor de la actividad económica. Alfred P. Sloan –uno de los grandes hombres del mundo empresarial, que estuvo cuatro años al frente de General Motors- escribió en sus memorias: «Supusimos que el primer propósito al hacer una inversión de capital es el establecimiento de un negocio que pague dividendos satisfactorios y preserve y aumente el valor del capital. El objeto primario de la Corporación, por lo tanto, y así lo declaramos, era hacer dinero y no solamente coches». A veces se dice de forma todavía más clara: el lema corporativo de la compañía Amstrad era «queremos su dinero».


Según los liberales, esto no significa que el capitalismo renuncie al bien común, sino que, paradójicamente, se alcanzará cuando nadie lo busque; cuando todos persigan su interés. Todavía hoy se sigue citando un párrafo famoso que escribió Adam Smith en 1776: «Como cualquier individuo pone todo su empeño en emplear su capital de la forma que le rinda más valor, resulta que cada uno de ellos colabora de una manera necesaria en la obtención del ingreso anual máximo para la sociedad. Ninguno se propone, por lo general, promover el interés público, ni sabe qué punto lo promueve. Solo piensa en su ganancia propia, pero es conducido por una mano invisible a promover un fin que no entraba en sus intenciones. Al perseguir su propio interés, promueve el de la sociedad de una manera más efectiva que si este entrara en sus designios».

Como es lógico, desde el punto de vista ético no es malo buscar beneficios, siempre que se haga con medios lícitos. No puede ser malo porque las empresas necesitan obtener beneficios. Si no los consiguieran se verían abocadas al cierre. Y esto es válido tanto en una economía capitalista como en una economía colectivista. La única diferencia es que en el colectivismo, al pertenecer todas las empresas a un mismo propietario (el Estado), pueden compensarse las pérdidas de unas con las ganancias de otras, trasladándose al conjunto de la economía nacional la exigencia de obtener beneficios (de hecho, por no lograrlos se vieron obligados a «cerrar» en 1989).

Además sería ilusorio querer prescincir completamente de los incentivos económicos. Como dijo Juan Pablo II, dado que en el ser humano existe una lucha interior entre las tendencias egoístas y altruistas, «el orden social será tanto más sólido cuanto más tenga en cuenta este hecho y no oponga el interés individual al de la sociedad en su conjunto, sino que busque más bien los modos de su fructuosa coordinación. De hecho, donde el interés individual es suprimido violentamente, queda sustituido por un oneroso y opresivo sistema de control burocrático que esteriliza toda iniciativa y creatividad».

Pero una cosa es que tanto las empresas como los particulares necesiten obtener beneficios para servir al bien común y otra muy distinta que actúen solo para obtener beneficios, y cuantos más mejor, que es precisamente lo que ocurre en el sistema capitalista. Estamos ante una trágica inversión que recuerda aquello de «una cosa es comer para vivir y otra muy distinta vivir para comer». Hasta aquí el problema ético que encontramos desarrollado en cualquier manual de moral social.

Pero, como dijimos al principio, lo que pretendemos mostrar en este artículo es que, en cuanto ese demonio de la economía toma posiciones en el corazón humano, empiezan a sentirse sus efectos en un campo tan alejado de la esfera productiva como son las relaciones interpresonales.

Como es sabido, una nota importante del amor verdadero es el desinterés. Según Erich Fromm, que nos enseñó mucho sobre El arte de amar, quien tiene un amor inmaduro dice: «Te amo porque te necesito»; en cambio, el que tiene un amor maduro razona al revés: «Te necesito porque te amo». Pues bien, si esto es así, debemos concluir que no es nada fáicl el amor maduro en una economía capitalista. Adorno y Horkheimer, en su famoso libro Dialéctica de la ilustración, observaron ya agudamente que quienes hayan interiorizado la mentalidad mercantil propia de nuestra cultura, nunca podrán amar. La razón es muy sencilla: amar es fundamentalmente dar, no recibir; en cambio para ellos dar más de lo que reciben será siempre hacer un mal negocio, y dar sin recibir significará ser víctimas de una estafa.

Podríamos afirmar, en términos más generales, que la lógica del capitalismo no solo hace difícil el amor interpersonal, sino cualquier otra conducta altruista. Ya dijo Dickens que «el buen samaritano era un mal economista».

El lector objetará quizás que los hombres y mujeres de nuestro siglo, a pesar de estar «tocados» por este demonio de la economía, hacen amistades y se casan. Pero es cada vez más probable que mantengan esas relaciones mientras les resulten gratificantes y las corten en cuanto dejen de reportales «beneficios».

Autor: Luis González-Carvajal Santabárbara

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