Los demonios de la economía andan sueltos

El demonio de la competencia

La economía gremial que funcionó entre los siglos XI y XVIII, era un sistema basado en la cooperación, que buscaba la máxima igualdad posible entre todos los agremiados. En cambio, la economía capitalista que la sustituyó se basa en la competencia, considerando que de esta forma se seleccionan aristocracias naturales y espontáneas, élites abiertas. El primer principio de la sociedad liberal dice: «Cada uno que mire por sí y al último que se lo lleve el diablo».

Es innegable que una sana dosis de espíritu de competencia puede tener efectos beneficiosos. La competencia que reina en la economía de mercado ha estimulado notablemente la creación de riqueza. Pero no debemos olvidar que, para Hesíodo, la diosa Eris -diosa de la buena competencia- era también la diosa mala de la discordia. La competencia económica ha producido tales contrapartidas que es inevitable preguntarse si no estamos pagando un precio demasiado elevado por crear riqueza (¿o deuda?). Se cuenta que la industria algodonera inglesa, en el primer periodo de su desarrollo, hizo mutilar los dedos de los tejedores indios expertos para eliminar competidores. Hoy los comportamientos suelen ser más civilizados, pero la competencia sigue generando diferentes formas de violencia: desde el acorralamiento de un rival peligroso al que se cierran las fuentes de créditos con maniobras turbias, hasta el soborno; desde el enfrentamiento de unas categorías de trabajadores con otras, hasta el complot de los nacionales contra los inmigrantes… De hecho, la competencia capitalista ha conseguido que «la economía toda -en palabras de Pío XI– se haya vuelto horrendamente dura, cruel, atroz».

Pero ya sabemos que en esta reflexión no nos interesa el trabajo de los demonios de la economía en su propio territorio, sino fuera. Es obvio que el espíritu de competencia no ha quedado limitado al ámbito de la producción, sino que penetra inevitablemente en otros muchos ámbitos, como la escuela, el deporte o el consumo. Cuando Tocqueville visitó Estados Unidos se sorprendió al ver que allí los ciudadanos «calculaban, pensaban y computaban» por doquier. El espíritu capitalista-burgués se caracteriza, en efecto, por una mentalidad calculadora que intenta reducir el mundo a cifras, con una cierta tendencia a confundir lo grande con lo grandioso. Poco importa en qué consista la magnitud: puede tratarse del número de habitantes de una ciudad, de la altura de un edificio o de la velocidad que alcanza un automóvil. Lo importante es que sea grande (recuerdo que algunos espectáculos nocturnos se anunciaban con el único argumento «20.000 vatios de sonido»). Vivimos en la era del récord. Y aparecer en el «Guinness» será siempre un honor, sea cual sea el récord que se haya batido (el tamaño de la paella o el número de personas que lograron meterse juntas en una cabina telefónica, por ejemplo).

En el sigo XVII, Hobbes hizo una descripción de la sociedad que se estaba formando que ha resultado totalmente profética. Comparó la vida humana a una carrera sin otro objetivo que ser el primero. En cuanto a los demás decía:

«Considerarlos detrás, es gloria.
Considerarlos delante, es humillación.
Tropezar en lo inesperado, es inclinación hacia el llanto.
Ver a otro caer, es inclinación a la risa.
Ser continuamente superado, es desgracia.
Superar continuamente a quien marcha delante, es felicidad.
Y abandonar el camino, es morir«.

 

Autor: Luis González-Carvajal Santabárbara

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