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Los demonios de la economía andan sueltos

El demonio de la avaricia

El segundo demonio de nuestra economía es la obsesión por acumular dinero. El dinero comenzó siendo un medio de pago para medir el valor de las cosas y facilitar los intercambios comerciales. Hasta aquí no hay nada que oponer; sin dinero tendríamos que volver a los trueques directos de aquellos mercados aldeanos a los que acudían los labriegos con una cabra y se volvían con un par de zapatos nuevos.

Pronto -desde luego mucho antes del advenimiento del capitalismo- el dinero empezó a ser buscado por sí mismo como una forma de acaparar riquezas y, con ellas, poder. Suele citarse como prototipo de comerciante movido por la pasión del dinero un hombre de finales del siglo XI: Goderico de Finchale. Pero algo cambió con la llegada del capitalismo. Como muy bien hace notar José Mª Mardones, Goderico de Finchale vivió en el fondo atormentado por la amenaza de condenación eterna que pesa sobre aquellos que se dejan arrastrar por la avaricia. Su conversión, su entrada en un monasterio y su posterior santidad, así lo confirman. En cambio la mentalidad del homo oeconomicus capitalista se caracteriza por la buena conciencia con que atesora el dinero. Max Webber dirá que hay ahora «una sanción ética positiva», es decir, un estilo de vida que se entiende no solo correcto, sino «recomendado en nombre del deber».

En el fondo, la mayoría de los empresarios conciben otras aspiraciones que las de ampliar el negocio. Recordemos la respuesta que daba John Ford a quien le preguntaba por qué ampliaba sus instalaciones sin cesar: «Porque no puedo detenerme». Seguramente si su interlocutor hubiera insistido en el tema preguntándole «pero, ¿qué objeto tienen en realidad todos esos afanes?», se habría quedado boquiabierto. En el universo capitalista el éxito comercial y financiero es la medida del éxito a secas.

Debemos reconocer que el ansia de ganar dinero ha estimulado notablemente el progreso material. El mismo Marx lo alabó bajo el nombre de «misión civilizadora del capital». Recuérdese cómo comienza el Manifiesto del Partico Comunista: «Solo la burguesía ha demostrado lo que puede producir la actividad de los hombres. Ha llevado a cabo obras maravillosas totalmente diferentes a las pirámides egipcias, los acueductos romanos y las catedrales góticas».

Pero también es de justicia decir que hemos pagado un precio muy alto por esa visión tan unilateral de la existencia. Antiguamente había cosas por las que la gente estaba dispuesta a arriesgar la vida (y ya no me refiero solo a los grandes ideales -como la justicia, la fe o la patria-; a veces por cuestiones bastante fútiles la gente se batía en duelo). Con el capitalismo, al reducirse todos los ideales a ganar más, ha surgido un mundo profundamente antiheroico. Ya hizo notar Joseph Schumpeter que «la Bolsa es un pobre sustituto del Santo Grial».

Mounier describió así al burgués: «un tipo de hombre absolutamente vacío de toda locura, de todo misterio, del sentido del ser y del sentido del amor, del sufrimiento y de la alegría, dedicado a la felicidad y a la seguridad; barnizado, en las zonas más altas, de una capa de cortesía, de buen humor, de virtud de raza; por abajo emparedado entre la lectura somnolienta del periódico cotidiano, las reivindicaciones profesionales, el aburrimiento de los domingos y de los días de fiesta con la obsesión, para figurar, del último estribillo y del último escándalo. El burgués -decía Charles Péguy– no es apto ni para el pecado, ni para la gracia, ni para el infortunio, ni para el gozo».

Autor: Luis González-Carvajal Santabárbara

 

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