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Los demonios de la economía andan sueltos

El demonio del rendimiento

La historia del rendimiento, que comenzó hacia el año 7000 a.C. con la cultura megalítica, después de sufrir no pocos altibajos, ha culminado en la actual «sociedad del rendimiento».

En un principio, «sociedad del rendimiento» se contraponía a «sociedad feudal». Si en ésta era el nacimiento quien decidía el lugar social que ocuparía cada uno, en la sociedad capitalista es el «rendimiento» de cada cual quien determina su posición.

La laboriosidad, por ejemplo, aparece considerada por primera vez como una virtud importante en la ética de Arnold Geulincx, en el siglo XVII. Antes era una virtud más bien secundaria. Los artesanos de Jena -escribió Goethe– tenían «casi siempre el sentido común suficiente para no trabajar más que lo preciso para llevar una vida alegre». El capitalismo, en cambio, elevó el trabajo a sentido de la vida. Los minutos empezaron a tener valor. De Benjamin Franklin procede la famosa frase «el tiempo es oro«.

No tiene nada de particular que así se produzcan milagros económicos; pero también es comprensible que muchas personas, obsesionadas por el rendimiento, sufran daños en el cuerpo, el alma y el espíritu (stress, «enfermedades de los managers», etc.). Ahora se crea más riqueza, pero la gente vive menos feliz. Todos hemos contoemplado alguna vez con envidia las danzas africanas, llenas de alegría y colorido, porque, exceptuando algunas regiones remotas, entre nosotros las danzas campesinas se han extinguido y los ocios se han hecho más pasivos: presenciar partidos de fútbol, escuchar la radio, ver películas, etc.

Una vez que el demonio del rendimiento ha tomado posesión del corazón humano, parece como si ya no tuviéramos derecho a ninguna actividad que no resulte productiva, ni a ningún tipo de descanso que no consista en la acumulación de nueas energías para volver al trabajo. ¿Qué «utilidad» tiene la contemplación estética? ?Par qué «sirve» la amistad? ¿Y escribir poesía?

Teóricamente proclamamos la común dignidad de todos los seres humanos, pero ¿qué suerte pueden esperar en la sociedad del rendimiento aquellas personas que, por su edad, por alguna enfermedad, o simplemente por no encontrar trabajo, no pueden «rendir»? Todos sabemos hasta dónde pueden llegar tanto sus problemas económicos como -sobre todo- su pérdida de autoestima.

Autor: Luis González-Carvajal Santabárbara

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